Inexplicablemente - o explicablemente, por aquello del etnocentrismo - la mayoría de nuestros historiadores, Levillier, Levene, Sierra, Palacio, Rosa, hasta el notable Busaniche, ignoraron o subestimaron esos dos hechos sin los cuales todo pierde sentido y así, lo más obvio fue lo más ignorado, sustituído por máscaras simbólicas, mera anécdota. Presentan el “descubrimiento” como esencial pero omiten sus consecuencias en el entramado de las relaciones interculturales iniciadas entonces, sustancia que describe rigurosamente nuestro ser, reemplazada por una morosa crónica de la hispanización administrativa del Continente; quedándose en la punta del ‘iceberg', en la superestructura estatal, militar y eclesiástica, conmoviendo mentes sólo atentas a una visión superficial cuando no política de las cosas.
Durante casi cinco siglos, los tejidos étnicos y sociales del nuevo mundo son actores de un complejo contacto entre las dos culturas, sí, pero con los invasores peninsulares en apabullante minoría demográfica frente a las vastas masas de indígenas, mestizos, africanos y criollos. [1] Aquellos hicieron la historia política, éstos la antropológica y ontológica. Y es que hay un amplio abanico cultural amerindio, donde no valen los “decretos” que emite la minoría étnica, con todo su poder. Son los rasgos biológicos heredados [2], la idiosincracia y su manifestación más visible: la lengua, cosmovisión, lectura del Universo.
Como los historiadores, tampoco los lingüistas han tenido actitud
ni aptitud para realizar la gran investigación sobre los contactos
interlenguas ocurridos y sus consecuencias en los sistemas encontrados: las
formaciones dialectales del español, reelaborado en el prodigioso crisol
de las lenguas aborígenes. Paradójicamente, será un
poeta [3] el que diga esta realidad:
Y Agüero seguirá con la evocación crónica
de esas relaciones interlenguas:
Los rasgos aborígenes de las distintas variedades del español
americano, más o menos desviados de la matriz metafónica y
gramatical, se explican por gramática comparada de las respectivas
lenguas. El hecho de que los peninsulares nativos fueran una minoría
más cercana al 1/1000 que al 1/100, permite inferir que, de hecho,
el español ingresó y fue reestructurado desde el acento, la
curva tonal, la fonética, hasta la gramática y la semántica,
por hablantes de idiomas amerindios, con los cuales no tenía semejanzas
tipológicas, genéticas ni difusionales. De allí derivan
infinitas relaciones interlenguas, como este típico ‘calco' morfológico
en el Noroeste Argentino: [5] saqepusunaypaq
, oración monovocablo de raíz y sufijos:
Para terminar, evocaré el típico ‘andinismo' “llevarse bien”, uno de tantos atajos o creaciones con que el heredero de la lengua ancestral resuelve la traducción de una voz y un concepto ajenos a su universo cultural y lingüístico. La palabra “amigo”, traída por los españoles que no tiene equivalente en una cultura donde la reciprocidad es la clave de las relaciones, tanto sociales como con lo divino. “Llevarse bien” traduce literalmente un verbo conjugado quechua: apanaku- = /apa- / ‘llevar' + /_naku / sufijo derivacional de reciprocidad concordante, en el cual va implícita la idea de “bien”, como en este testimonio oral anónimo recogido en Ecuador: [6]
Respecto a esta lingüística quechua santiagueña
de Jorge Alderetes, sólo diré que
continúa la tradición de los pocos auténticos investigadores
que hemos tenido en la Argentina: Samuel Lafone a fines del siglo pasado
y Ricardo L. J. Nardi en éste. Intenta y lo logra, una rigurosa descripción
del habla de nuestros paisanos ‘mistoleros', felizmente liberada del esclavizante
cepo latino a que por tanto tiempo se la condenó.