"El Quichua de Santiago del Estero"
de Jorge R.Alderetes
 
Por Eduardo Rosenzvaig
 
 (viene de Página 1)

 El caudillismo del XIX trató de separar la religiosidad popular de la lengua quechua, utilizando a la primera para el ritual de dominación, y dejando a la variedad dialectal como atributo del poder blanco: se hablaría en quechua porque los hacendados así lo querían. El bilingüismo de los caudillos santiagueños formaba parte de los orígenes y los efectos del poder. Ibarra no puede entenderse sin su quichuismo de  prisión y fuerte. Pasar de una lengua a otra constantemente, les aseguraba un control, un puente entre dos mundos intocables.

 Desde los propósitos europeos, la prohibición del quechua por Carlos III, tenía un aspecto modernizador, igualaría a indios y blancos en una sola lengua. Y ello a la postre debería facilitar la construcción de un Estado de la modernidad colonial. Pero a varios siglos de quechuanización, la orden tuvo que advertirse entre la masa indio-mestiza como una brutal imposición. Hablar en quechua pasó a ser una forma de la resistencia.

 La parte más liberal y democrática de la generación del 80, a su turno retomó la idea de la igualación social, imponiendo en la enseñanza sólo la lengua de los vencedores. En tanto que los grupos más conservadores insistían en el bilingüismo como expresión de la inevitable y eterna diferenciación de castas. Educación en lengua hispana para los blancos, barbarie para los quechuoparlantes sin alfabeto. Tensados entre los dos anillos, los derrotados se parapetaban detrás de los catecismos quechuas y de una religiosidad popular de monte, espontánea y en variante dialectal propia. La élite conservadora no sabía exactamente cómo controlar esa peligrosa independencia; la élite liberal, anclada en el gran relato universal del positivismo y la modernidad, asumía el derecho de barrer con ella. Con una mística del porvenir, se sentían los demiurgos de una Nación blanca y civilizadamente capitalista. Los conservadores se afanaban por dominar el culto; los liberales por destruirlo. La lengua transformada en Lengua de Dios, era autopercibida por el peonaje, puesteros, agricultores pobres, y pastores, como lengua de identidad.  A veces la rebelión lingüística era empujada por las élites conservadoras para atacar a los liberales que atropellaban contra la Iglesia de Dios. La forma religiosa de la lengua pasó a un nuevo escenario de confrontación. Por su posesión o destrucción. El desconcierto de los oprimidos quechuoparlantes fue tan colosal, que la rebelión quedó limitada al territorio de la lengua. En tanto más se aislaban lingüísticamente tanto más eran libres, y tanto más quedaban a un costado de los cambios, por lo mismo más expuestos a la dominación. La rebelión, cuanto más profunda, se hacía más estrecha. La lengua empezó a envolver a la religiosidad popular como contenido. En ciertos espacios la religiosidad popular reemplazó a la lengua. Pero por lo mismo retornó al contralor vertical de uno de los antiguos poderes de la conquista. En la fiesta del Señor de Mailín casi no se oye el quechua. Y las baterías de misas nocturnas y diurnas son siempre en español. En esos sitios, la pérdida de la lengua condujo a un empobrecimiento cultural. (Sigue en Página 3).

 
 

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