Nota publicada el 11/04/2004 en el NUEVO DIARIO de Santiago del
Estero
Civilización
y Barbarie III:
El Albardón Santiagueño
Por Atila Karlovich
Primera y vacilante fundación
española en territorio argentino, Santiago, Madre de Ciudades, paradójicamente
casi desde el principio se ubicó entre las más postergadas.
Deben haber sido los insoportables calores y la caprichosa sucesión
de sequías y pantanosas inundaciones que la convertían por
temporadas enteras en albardón en el estero, lo que provocó
que gobernadores, obispos y vecinos pudientes prefirieran residir en alguna
de las fundaciones filiales de clima más benigno. La capital del Tucumán
parece nunca haber encontrado su ritmo metropolitano y en vez de progresar
se amodorraba cada vez más. Si bien la pequeña minoría
española, que se quedaba por haberle tomado cariño o porque
no tenía cómo escapar, ocupaba los primeros bancos de la rústica
catedral y decidía absolutamente todo, en los hechos la inmensa mayoría
indígena imponía mucho de lo suyo, calladamente, sin reclamos.
Mientras no se tocaran los privilegios de la sociedad de castas ni se discutieran
los dogmas católicos, en Santiago imperaba un espíritu provincianamente
tolerante y ecléctico que irradiaba sobre los pueblos de indios vecinos
y les hacía muy llevadera la integración cultural. Mientras
los indios resignaban sus diversas lenguas y ropajes, y aprendían
el catecismo menor de memoria, guardando creencias y costumbres disidentes
para la intimidad, las familias patricias reservaban sus remilgos castellanos
para los grandes discursos en el Cabildo y las fiestas patronales. Indios
y españoles se fueron amalgamando en una raza de costumbres homogéneas:
los villancicos y la chanfaina de Castilla, la aloja machadora y la dulzura
del chilalu comarcanos, y las humitas y vidalas andinas eran mestizo patrimonio
de todos. Lo extraordinario es que la lengua de los Incas, el quichua que
había llegado a la comarca no podemos saber cuándo, con los
españoles o antes de ellos, se convirtió en un denominador
cultural común, en una verdadera "lengua general" para indios y españoles.
A medida que avanzaba el mestizaje y perduraba el aislamiento y la postergación,
el quichua, mechado de bocados, dejos y tonadas lules y leoneses, kakanes
y castellanos, fue lengua principal y materna de casi todos los santiagueños.
Por lo tanto, desde que es santiagueño, el quichua es una lengua híbrida
y esencialmente mestiza. La incorporación de elementos ajenos a la
lengua original en cualquier orden no debe considerarse como contaminación
sino como adaptación, transformación y enriquecimiento. Así
como el inglés no puede volver a las lenguas de los anglos y los sajones
después de haber incorporado un porcentaje sustancial de elementos
latinos y neolatinos a partir de la alta Edad Media, se equivocan desde lo
histórico y desde lo lingüístico los que califican al
dialecto santiagueño como contaminado, degradado, adulterado por su
secular contubernio con el castellano y pretenden ningunearlo algunos o desinfectarlo
otros mediante poco convincentes prácticas puristas.
La situación lingüística del Santiago colonial - esto
tiene que quedar claro - es por lo que sabemos, excepcional en todo el ámbito
de la América hispana y tampoco es representativa para el resto del
Tucumán. Esto lo deja clarísimo la severa queja ante la Corona
por parte del obispo Maldonado de Saavedra, que de ninguna manera estaba
acostumbrado a tal anormalidad. Si bien el conocimiento de dos lenguas era
difundido entre indios y españoles en todos los territorios coloniales,
el uso era habitualmente circunscripto a los contactos interétnicos.
Era cosa de curas y capataces conocer lenguas americanas y de ladinos saber
expresarse en castellano. Y por más interferencias que hubiera, se
distinguía en toda América - salvo en las regiones guaraníticas
dependientes de las misiones jesuitas que presentan otro caso excepcional
pero no idéntico al santiagueño - claramente entre las lenguas
subordinadas y de uso solamente oral de indios, y el castellano privilegiado,
idioma de españoles y mestizos, exclusivo en todos los órdenes
de la vida pública. Para definir con claridad conceptual la relación
de quichua y español durante la Colonia en Santiago todavía
hace falta mucha investigacíon, pero a partir de lo que sabemos podemos
arriesgar la opinión provisoria de que el quichua era la lengua que
usaban todos los santiagueños en el orden privado, en el trabajo y
en el comercio local como vehículo de comunicación oral y que
el castellano hacía las veces de lenguaje oficial, escrito y ceremonial.
Por lo tanto cabe suponer también que mientras el quichua era la lengua
hablada por casi todos, salvo por los españoles recién llegados,
y había una porción importante de hablantes exclusivamente
monolingües, sobre todo en el campo, el dominio del castellano se restringía
a las familias patricias, al clero y a los que de una u otra manera intervenían
en los asuntos públicos.
Llegó la Independencia, la Nación argentina y finalmente la
victoria del liberalismo. Santiago seguía viviendo su languidez y
su aislamiento, las estructuras y el espíritu de la Colonia seguían
vigentes y los santiagueños seguían hablando en quichua. Mientras
en el resto de las provincias norteñas las clases dirigentes hispanohablantes
no querían ser asociadas con el demonio de la barbarie e identificaban
el castellano con la argentinidad y el quechua con la indigna condición
de indios y extranjeros bolivianos, los terratenientes y caudillos santiagueños
seguían siendo quichuistas. Tenemos testimonios concluyentes que demuestran
que precisamente las clases dirigentes siguieron cultivando el idioma sin
complejos y hasta con orgullo elitista hasta ya bien entrado el siglo XX.
Habría que contar alguna vez, como ejemplo, la historia de los Taboada
bajo este enfoque. La prédica antiindígena sarmientista que
erosionaba la vigencia de las lenguas americanas en todo el país no
encontraba eco, principalmente porque el campesinado santiagueño no
se sentía identificado con la indianidad. Hacía siglos que
habían resignado su identidad de indios o runas, identificando a estos
con las tribus chaqueñas y sus frecuentes incursiones belicosas en
los campos del norte. De hecho en ningún recodo de la Argentina el
discurso sarmientino tardó tanto en surtir efecto como en Santiago.
Recién la indoctrinación de los maestros y la clase media urbana,
el servicio militar obligatorio y sobre todo la escolarización de
los campesinos, complicada y precaria en los albardones de Matará,
Salavina y Atamishqui, introdujo primero el bilingüismo generalizado
y comenzó a cambiar las cosas. La represión de la lengua por
parte de la escuela fue implacable y caló hondo en la conciencia de
los niños quichuistas haciendo que estos asociaran su lengua con una
condición humana inferior. Si los viejos caudillos habían utilizado
el quichua para manipular a las masas campesinas, como aseguran algunos,
la represión del quichua fue un instrumento de dominación mucho
más sutil y perverso porque forjó un pueblo sumiso a partir
de la conciencia de la propia inferioridad. Finalmente la clase dominante,
ya en decadencia, también se plegó a la irresistible ideología
nacional. Es elocuente el testimonio de un quichuista figueroano culto que
cuenta como su padre, terrateniente de convicciones conservadoras, consideraba
que el tremendo retraso del campo santiagueño era imposible de revertir
mientras no se extinguiera la lengua vernácula. Amaba y despreciaba
al mismo tiempo su idioma materno, imponía la castilla en las sobremesas
familiares, pero en su prolongada agonía no dejó de delirar
en su quichua. La agonía de la lengua había comenzado. Las
fatales transformaciones económicas que terminararon en el ecocidio
del monte santiagueño y la tremenda emigración forzada que
caracteriza la historia de la provincia hasta nuestros días y parece
eternizar la postergación santiagueña, hicieron el resto. La
suerte estaba echada.
|
. |
|
Regresa a Home Page