Nota publicada el 14/12/2003 en el NUEVO DIARIO de Santiago del Estero

EL TRIUNFO DE DON SIXTO PALAVECINO
 
Por Atila Karlovich

  Hoy, a los 88 años, don Sixto es un hombre que camina dificultosamente con ayuda de un andador y se le nota que sufre, que los dolores lo atormentan de día y de noche. Hace varios años que no puede empuñar su querido violín, sin embargo, durante nuestra conversación mantiene abierto el estuche y una y otra vez roza su instrumento con ternura, casi una caricia. No esconde sus dolores, pero a pesar de todo se mantiene erguido, un poco como los quebrachos viejos de los montes de Salavina. Y cuando habla parece un hombre joven, a veces hasta hay un brillo pícaro en sus ojos, más propio de un chico travieso que de un anciano. Cuenta de su niñez montuna, de los corderos y cabritos que cuidaba, de su primer violín de factura propia escondido en el quebracho, de sus maestros de música que fueron los pájaros del monte, de los rezabailes, carnavales y velorios antiguos, de la peluquería de Salavina y de sus deseos y aspiraciones en la vida. Ya no está para polémicas, ni para recordar malos momentos, ni para desenterrar rencillas que hubo. Don Sixto ya ha hecho las cuentas y no tiene porqué volver sobre los detalles. Balance y memoria son altamente favorables. Cualquiera diría que eso es ser un hombre feliz: el que ha conseguido en la vida todo lo que se propuso. En su vida gravitaron tres temas: su familia, su música y su lengua. Fue feliz con su mujer y sus  hijos le salieron derechos, estudiaron y siempre lo acompañaron. Como músico no sólo fue exitoso sino reconocido en círculos que rebasan ampliamente el público natural de un violinisto sachero. Y en cuanto a su lengua materna ha hecho historia ocupando un lugar en ella que trataremos de analizar.
Sixto Palavecino nació en Barrancas, Salavina, en el medio del monte santiagueño, en 1915. Era un muchacho campesino extraordinariamente talentoso, inclinado hacia las artes, quien muy pronto conquistó su lugar entre los músicos santiagueños. Pero hubo algo que no dejó de atormentarlo: la relación con su lengua, la quichua tan amada por él y tan despreciada por propios y ajenos. La problemática debe haber surgido en la escuela rural donde se le quiso inculcar a fuerza de comentarios sarcásticos y a golpes de puntero también, el desprecio de lo que tan suyo sentía. Y en su casa la propia madre reforzaba los mandatos oficiales, de pura buena, porque amaba a su hijo y quería un futuro mejor para él. El propio Sixto relata en el triunfo Kichwap Waan como ella se sentía obligada a inducirlo a abandonar su idioma, sin poder, por otra parte, darle las bases necesarias en castellano: Mamay noqát wijchuara, kichwap rimachis, rimayta kastillapi mana yachachis (mi madre a mi me echó, hablándome en quichua, a hablar en castellano, sin enseñarme). Recién en la flor de sus años y ya siendo un músico de prestigio, en los años 50, don Sixto supera lo inculcado y protagoniza lo que podríamos llamar su "destape" como quichuista, documentado en su chacarera doble Penqakus kawsajj karani (Avergonzado vivía). Refiriéndose a la situación objetiva del idioma, diagnostica olvido colectivo, falta de memoria individual y desprecio público. En cuanto a su situación personal, plantea su dilema socio-lingüístico: por un lado la vergüenza de su propio idioma y por el otro una dolorosa incompetencia en el idioma dominante. Aparentemente el círculo vicioso de desprecio, autodesprecio y silencio, que genera más desprecio, es tan profundo que no deja romperse si no es por iniciativa de la sociedad identificada con el idioma dominante. Son las actividades a favor del quichua del profesor Bravo (como maestro de escuela representante cabal de la cultura dominante) que le dan el espaldarazo que necesita para animarse a cantar las coplas y chacareras que tanto tiempo había callado. Y para su sorpresa le va bien. Se rompe entonces el embrujo del silencio y  la vergüenza se convierte en orgullo. A partir de los primeros años 50 comienza a integrar temas en quichua en su repertorio dedicado a los no quichuistas y cada vez más siente la defensa del quichua como una vocación tan fuerte como la propia música. En 1969 solicita y consigue en Radio LV11 un lugar para un programa en quichua. En 1978 funda, conjuntamente con Vicente Salto, Felipe Corpos, Julio Ayunta, Domingo A. Bravo y otros el Alero Quichua Santiagueño. Esta fundación es un paso decisivo en la historia de la lengua, porque significa la representación del quichua por parte de los propios quichuistas a nivel institucional frente a la sociedad dominante.
No hay duda de que Sixto Palavecino es la figura más importante en la cultura quichuista de los últimos cincuenta años. Su vigencia hacia adentro es insoslayable. La débil autoestima del quichuahablante tiene poco en qué apoyarse, pero la figura de don Sixto le basta para olvidar o al menos para aminorar sus inseguridades. Como artista don Sixto siempre se mantuvo cerca de los suyos. Es violinisto y cantor ante todo, y el pueblo campesino es el destinatario primordial su mensaje y de su arte que abreva en las centenarias tradiciones orales que los quichuistas supieron mantener vivas a pesar del desprecio y de la represión que sufrieron su lengua y su cultura. Que también le guste a los ladinos le sorprende, le divierte, le agrada mucho y lo agradece, pero no lo hace cambiar en nada, al contrario, le refuerza sus ideales estéticos. Esta insobornabilidad estética, esta fidelidad a sus raíces hace a su importancia descollante como músico folklórico y lo coloca en un sitio de privilegio dentro de la cultura argentina. Y esto a su vez le da al quichua por primera vez la posibilidad de aparecer en la vidriera nacional. De hecho, si es que el argentino promedio sabe algo sobre el quichua, lo sabe por y a través de don Sixto.
Si bien la situación del idioma objetivamente no ha cambiado o incluso ha empeorado en los últimos cincuenta años, sí ha cambiado, y esencialmente gracias a labor y figura de don Sixto, el estatus simbólico del quichua, la hoy tan mentada imagen, tanto en la provincia como en el ámbito nacional. Y esto no es una cuestión menor si sabemos que el problema del quichua fue precisamente su mala imagen. Claro que don Sixto solo nunca podría haber logrado esto. Él mismo lo reconoce en la doble chacarera mencionada, cuando coloca la labor a favor del quichua del profesor Domingo A. Bravo como desencadenante de su propio destape quichuista. A este otro prócer del quichua santiagueño dedicaremos una próxima entrega.     

 


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