EL QUICHUA SANTIAGUEÑO:

LA DIFUSION DEL QUICHUA EN EL NOA  Y SU ENTRADA A SANTIAGO DEL ESTERO
 
 Si bien aún no se han efectuado estudios exhaustivos, hay suficientes indicios que permiten establecer que la región del Tucma ya era conocida en tiempos preincaicos por los pueblos que habitaban al norte de la Argentina. De hecho, algunos de los asentamientos del Valle Calchaquí provenían del norte; tal es el caso de la cultura agroalfarera Tafí, en el valle homónimo de Tucumán, la más antigua del actual territorio de la Argentina, perteneciente al Período Temprano (200 años antes de nuestra era). Según Rex González (1976: 42) estas comunidades habrían provenido del altiplano boliviano, pues en el sitio de Wancarani existió una cultura con ciertos rasgos muy similares a los de Tafí que se remite a los comienzos del primer milenio antes de nuestra era. Por su parte, refiriéndose a las distintas culturas materiales preincaicas del NOA, el historiador Rosenzvaig (1986a: 20) afirma:
 

 Por otro lado, aunque los informes suministrados por los primeros cronistas son confusos, todos ellos son coincidentes en señalar que el legendario reino de Tucma ya era conocido varios siglos antes de la llegada de los españoles.
 Bravo (1956a: 34-37) hace una detallada revisión de estas crónicas, siendo la más conocida la que fuera proporcionada por el Inca Garcilaso de la Vega en sus “Comentarios Reales”, quien menciona la visita al Cuzco de embajadores del Tucma a principios del siglo XIV, es decir, unos doscientos años antes de la llegada de los españoles. Precisamente, Garcilaso de la Vega menciona que dichos embajadores habían ofrecido al Inca Viracocha, en señal de sometimiento,  “mucha ropa de algodón, mucha miel muy buena, cera y otras mieses y legumbres de aquella tierra”. Es posible que en épocas anteriores a los Incas, Tucma haya designado a un pequeño señorío indígena que ocupaba la zona pedemontana y llana que hoy aproximadamente ocupan los departamentos de Monteros, Chicligasta y Simoca en la actual provincia de Tucumán. Después el nombre llegó a designar un dilatado territorio que abarcaba todo el NOA, parte de Córdoba y Chaco. Estos productos del Tucma -algodón, mieses-  se identifican inequívocamente con la llanura al oeste del Aconquija. Particularmente el algodón es característico de Santiago del Estero. En la actual provincia de Tucumán hoy sólo se cultiva de manera experimental aunque es probable que dicho producto haya formado parte de su fitogeografía. De este episodio, Bravo (1992: 38) concluye:
   Esta conclusión es discutible ya que Bravo pretende que el Inca Garcilaso mencione explícitamente la existencia de una colonia incaica cuando éste está relatando el primer contacto "oficial" entre el Reino de Tucma y  el Inca Viracocha.  En todo caso lo que habría que rescatar del relato de Garcilaso es la comunicación entre ambas regiones más allá de la exactitud de la fecha (dos siglos antes de la llegada de los españoles).

 Por su parte, el historiador tucumano Lizondo Borda (1930: 57) afirma:

 Existe la creencia generalizada de que las huestes cuzqueñas de Túpac Yupanqui, en su paso por el noroeste argentino, tuvieron a los diaguitas como aliados, manteniendo con ellos una suerte de pacto de no agresión. Se cree también que los incas no impusieron a los diaguitas, ni su lengua ni su religión.  Ambas creencias se basan en el testimonio de Cieza de León (cf. Berberián 1987: 112):
   Sin embargo Nardi (1962: 161) recoge varios testimonios que contradicen lo expresado por Cieza de León. Estos y otros indicios permiten poner en duda la creencia de la ocupación pacífica del Tucumán por parte de los incas.[11]

El idioma de los diaguitas o calchaquíes y juríes, que ocupaban parte de los actuales territorios de las provincias de Tucumán, Catamarca, La Rioja, Salta y  Santiago del Estero, se dice que era el kakán  y que el P.Alonso de Barzana habría escrito una gramática del mismo. Testimonios del año 1631 hacen mención a la vigencia de una lengua de los Calchaquis o diaguitas en el valle de Catamarca y las sierras de Qimilpa (cf. Nardi 1962: 191).
 Si los diaguitas continuaron usando su propia lengua, y si ésta supuestamente se hallaba tan difundida, ¿cómo se explica entonces su desaparición hacia fines del siglo XVII sin que haya quedado ningún registro?.  En realidad, ¿existió el kakán?.  En relación con esto, no estamos de acuerdo con el criterio de atribuir un gran número de voces a esta supuesta lengua denominada kakana o kakán, que habría sido el idioma de los diaguitas o calchaquíes que habitaban la región.  Aún más, a esta lengua de la cual no hay referencia concreta alguna,  se le ha dado el carácter de ‘lengua general' y hasta se afirma que era hablada por parcialidades aborígenes no diaguitas.

 Es Rumi Ñawi (1992a: 2) quien, por primera vez, recoge el desafío de cuestionar la existencia de esta lengua:
 

 Como bien señala Rumi Ñawi, si se restringen los testimonios etnohistóricos sólo a aquellos proporcionados por quienes dicen haber tenido contacto directo con el supuesto idioma, la lista se reduce a un único documento: la famosa “Carta del P.Alonso de Barzana de la Compañia de Jesús a su Provincial”, fechada en Asunción del Paraguay en 1594 (cf. Berberián 1983: 251). Dado que esta carta es el único documento en donde alguien afirma haber tenido conocimiento directo de la existencia de esta lengua “caca” , y dado que todas las referencias posteriores serán siempre por vía indirecta, consideramos que no hay elementos de juicio suficientes como para dar por probada la existencia de esta lengua. Esta situación nos recuerda el caso de la lengua “comechingona” citada en la Relación de las Provincias de Tucumán de Pedro Sotelo Narváez, que fuera escrita a finales de 1582 o comienzos de 1583 y que estaba dirigida al Licenciado Cepeda, Presidente de la Audiencia de La Plata. Al respecto Berberián (1987: 229) nos dice:  Respecto a la difusión y extensión del kakán, nuevamente el único testimonio explícito corresponde a Barzana, en carta al Padre Juan Sebastián del 8 de setiembre de 1594: “La caca usan todos los diaguitas y todo el valle  de Calchaquí, y el valle de Catamarca y gran parte de la conquista de la Nueva Rioja, y los pueblos casi todos que sirven a San Tiago, así los poblados en el río del Estero como otros muchos que están en la sierra”  (cf. Berberián 1983:252  y Serrano 1936: 262). Además de una gramática y un vocabulario de la ‘diaguita o cacán, se afirma que Barzana habría compuesto también una gramática del ‘catamarcano, pero todo este material ha desaparecido. Es sugestivo el hecho de que ni Barzana ni ningún otro cronista, hayan transcripto voces kakanas  -menos aún frases- en citas directas, como sí lo hicieron, en cambio, con otros idiomas aborígenes.
 La evidente fisonomía quichua de muchas de las voces atribuídas al kakán [12]la considerable extensión del área asignada a esta lengua y su rápida e inexplicable desaparición en favor del quichua, conducen a plantearnos la posibilidad  de que esta ‘lengua general de los diaguitas haya sido una lingua franca , una especie de lengua de intercambio preincaica que funcionaba en en un extenso territorio donde lenguas distintas  (algunas quizás emparentadas entre sí) se hallaban en contacto. Estamos pensando en una variedad del quechua chínchay o alguna otra variedad arcaica ingresada como consecuencia del intercambio comercial con el altiplano en tiempos anteriores a la invasión de Tupac Yupanqui. Este interdialecto cumplía la función comunicativa de una lengua en un nivel coloquial y cubría las necesidades de comunicación de las diferentes comunidades aborígenes del NOA, la región de mayor concentración demográfica prehispánica. Esta hipótesis concuerda con lo que sostiene Rumiñawi (1192a: 9):  La posibilidad de que los pueblos que hablaban la variedad chínchay  hayan llegado hasta el NOA y hayan difundido su lengua, en tiempos anteriores a Túpac Yupanqui, ya fue planteada por Godenzzi (1992: 55):  Todas las referencias posteriores al kakán son siempre indirectas y se caracterizan por informes ambiguos y contradictorios. Algunas, como la descripción fonética del kakán proporcionada por el Padre Pedro Lozano, son ciertamente ridículas. Al respecto, Rumi Ñawi (1992a: 16) comenta:  A este irónico comentario puede agregarse que si hay algo que caracteriza a Lozano, es su habilidad para proporcionar información con-fusa, casi siempre recogida por vía indirecta a través de terceros, lo que le ha valido ser cuestionado en más de una ocasión (cf. Gajardo 1968: 22).
 Por último, habría que agregar que muchos historiadores interpretaron la frase “idioma o lengua de los diaguitas” como sinónimo de kakán cuando en realidad los cronistas no aclaraban a cuál lengua general se estaban refiriendo con dicha denominación.

 Otro aspecto que no ha sido estudiado suficientemente es el establecimiento de mitimaes [13] en el territorio argentino. Nardi (1962: 257) hace una breve referencia a algunos testimonios. En el quichua de Santiago del Estero, resulta llamativa la presencia de rasgos que caracterizan a los dialectos del grupo QII-B, lo cual es un indicio de la probable radicación de mitimaes en territorio santiagueño.

 En conclusión, sostenemos que en el noroeste argentino probablemente se habló más de una variedad dialectal del quechua: una preincaica proveniente del reino de Chincha, quizás otra en tiempos de los incas pero anterior al reinado de Tupac Yupanqui; más tarde las variedades que entraron con Túpac Yupanqui y los mitimaes y finalmente, la variedad (o variedades) que trajeron los yanaconas que acompañaban a Diego de Rojas.
 Sin embargo, nuestras hipótesis sólo podrán encontrar mayor sustento, cuando el estudio de la difusión del quechua en Argentina, se encare desprovisto de todo prejuicio regionalista y se abandone definitivamente el marcado eurocentrismo que caracteriza a nuestros lingüistas e historiadores. Mientras estos estudios no se realicen con objetividad y rigor científico, seguirá circulando la tesis tradicional que postula que la difusión del quechua en gran parte del NOA se debió exclusivamente a la expansión incaica por el viejo reino de Tucma, durante el reinado de Túpac Yupanqui y en el caso específico de Santiago del Estero al accionar posterior de los evangelizadores.

 A la luz de los hallazgos arqueológicos en el norte de Santiago del Estero en 1984 (para más detalles, véase Stark citada por Cerrón Palomino 1987: 346) y por las características de recientes descubrimientos en la zona central de la provincia [14]cobra fuerza la hipótesis de que los incas habrían comenzado a anexar territorio santiagueño medio siglo antes de la llegada de los españoles a la región (en 1543, con la expedición de Diego de Rojas).[15]
Se desconoce aún si se trató de mitimaes  o si la colonia surgió, como plantea el Ing.Turbay (1985:254), como consecuencia del traslado de la fortaleza incaica de Quilmes al pie del Cerro del Alto.  De acuerdo con la teoría de Turbay, producida la caída de sus gobernantes cuzqueños, los incas establecidos en la fortaleza de Quilmes decidieron el traslado de la colonia, y al no poder regresar al Perú, se dirigieron a Santiago del Estero probablemente por la Quebrada del Portugués, atravesando una región de espesa vegetación. Turbay expone su teoría del siguiente modo:

 Finalmente, Turbay propone:  El Ing.Turbay ofrece pruebas arqueológicas que demuestran enormes similitudes, que no pueden ser atribuídas a la casualidad, entre la alfarería de la colonia incaica en Santiago del Estero y las encontradas en la fortaleza del Valle Calchaquí:  A nuestro parecer, si efectivamente dicho traslado ocurrió como propone el Ing.Turbay y como lo prueban estas evidencias arqueológicas, la elección del derrotero  se debió a que la guarnición del Valle Calchaquí tenía un conocimiento preciso de las tribus que habitaban la llanura santiagueña y conocían el camino natural de la Quebrada del Portugués. [17] Una obra de la envergadura citada en la Ref. [14] no pudo ser realizada por una pequeña guarnición fugitiva del hambre y del frío en tan poco tiempo (probablemente de 1534 a 1543, sólo nueve años), ni tampoco por una expedición de guerreros españoles y yanaconas en tierras de indios con flechas envenenadas.

 Hay otras referencias a la huída de las guarniciones incaicas cuando cayó el poder en Cajamarca. El Padre Lozano ([1780] 1941:17-18) da cuenta de la huída de incas hacia el Chaco:
 

 Y en la Relación de Pedro Sotelo Narváez ([1582] 1987: 237) encontramos esta referencia:  Según Domingo Bravo, el quichua habría ingresado a Santiago del Estero en 1543  junto con la expedición española conocida como  “La Entrada de Diego de Rojas”.
 En noviembre de 1542 el Licenciado Cristóbal Vaca de Castro, gobernador del Perú, da la autorización para hacer la entrada al Tucma a los capitanes Diego de Rojas, Felipe Gutiérrez (regidor del Cuzco) y Nicolás de Heredia. No hay concordancia entre los cronistas respecto del número total de españoles que integraban la expedición: Cieza de León “e juntaron ciento e treinta españoles” ; Gutiérrez de Santa Clara, “fueron hasta doscientos y cincuenta hombres” ; Diego Fernández, “más de doscientos hombres”. Con relación al número de yanaconas que les acompañaban no hay ninguna referencia.

 En mayo de 1543 la columna de Diego de Rojas sale de Cuzco rumbo al Tucma. Estaba integrada por ochenta españoles según el cálculo de la historiadora Piossek Prebisch (1986: 290). Dos semanas después sale de Cuzco la columna del Capitán Gutiérrez compuesta por aproximadamente noventa soldados españoles.
 A mediados de junio de 1543, sale de Cuzco el Capitán Heredia acompañado tan sólo por dieciocho hombres.  Esta es la única cifra que se conoce con exactitud por el testimonio de Pero González de Prado ([1548] 1987: 25): “yo fui con el Capitán Nicolás de Heredia, que fue el que entró con su gente a la postre, y entraron con el dicho Capitán dieciocho hombres”. En consecuencia, el número más probable de soldados que componían la empresa sería de 190 hombres, y de ese total aproximado se conoce el nombre de 114 hombres (cf. Piossek Prebisch 1986: 290).

 El primer tramo que cubren es Cuzco-Charcas [18]y el segundo, Charcas-Chicoana (La Paya actual, en la Provincia de Salta). Rojas llega a Chicoana probablemente en setiembre de 1543.
 Chicoana era la ciudad cabecera de la antigua provincia del mismo nombre, y es la primera población en actual territorio argentino que mencionan las crónicas de la entrada de Diego de Rojas. Según Piossek Prebisch (1986: 292) su jurisdicción era el valle del Río Calchaquí más las quebradas y valles menores; políticamente integraba el Collasuyu, distrito sur del Tahuantinsuyu, y eran comunidades agroalfareras que conocían la Lengua General o del Cuzco.
 Según el relato del cronista González de Prado ([1548] 1987: 26), desde Chicoana, donde deja cuarenta hombres,  Diego de Rojas se dirige a la provincia indígena de Quiri-Quiri, cuya población cabecera probablemente fue Tolombón.  Previamente había enviado cuatro hombres en busca de Gutiérrez (el segundo contingente) y cuando estos cuatro hombres regresaron, ya Rojas se había marchado.  Aproximadamente a mediados de octubre Diego de Rojas llega a la población capital de la provincia de Quiri-Quiri donde se detuvieron para reabastecerse y recoger información. Refiriéndose a esta provincia, Piossek Prebisch (1986: 294) dice:

 Por los testimonios de los cronistas, González de Prado ([1548] 1987 26) “.. e pasando por la provincia de Chicoana, que están de guerra los dichos indios...” , y Diego Fernández  ([1568] 1987: 47) “.. y llegado que fué este Capitán a la provincia de Chicoana (que son indios de guerra)  hallaron allí gallinas de Castilla, y preguntando a los indios que de dónde las habían habido, dijeron que las había pasadas las montañas... ” , sabemos que los expedicionarios españoles fueron permanentemente hostigados por los indios, por lo que cabe suponer que la información obtenida de éstos, en la mayoría de los casos, fue lograda mediante el uso de la fuerza. No se descarta, naturalmente, la posibilidad de que los indios voluntariamente hayan suministrado información parcialmente correcta con la intención de incentivar a los españoles a continuar su marcha alejándolos de sus respectivas comarcas.
 Los cronistas también son coincidentes en señalar que la comunicación con los aborígenes se hacía mediante los intérpretes que acompañaban a los expedicionarios españoles, es decir, mediante la lengua quichua.
 Según el testimonio de Diego Fernández ([1568] 1987: 47) “empero las gallinas fueron causa de torcer el camino creyendo Don Diego de Rojas hallar mejor tierra”, las gallinas de Castilla [19] encontradas en Chicoana y la información obtenida de los indios persuadieron a Diego de Rojas de tomar la determinación de cambiar el rumbo original de la entrada. Se cree que estas aves provendrían de la expedición de Francisco César realizada en 1527,  que penetró desde el Río de la Plata en línea recta por el centro del actual teritorio argentino.[20] El hecho de que estas gallinas de Castilla aparecieran mucho más al norte, sería una prueba más de la existencia de vías naturales de comunicación que eran utilizadas habitualmente por los indígenas.

 Piossek Prebisch (1986: 55) ubica geográficamente el siguiente y difícil tramo que la expedición tendría que encarar:
 

 Así, Diego de Rojas se desvía del  ramal principal del Camino del  Inca y por ese ramal secundario empinado y pedregoso, atraviesa la quebrada del río Amaicha y luego la del río Infiernillo, en dirección al Tucma. El camino va ascendiendo en dirección sudeste hasta alcanzar los tres mil metros en el Abra del Infiernillo; luego empieza a descender hacia el sur hasta llegar al Valle de Tafingasta (hoy Valle de Tafí) [21]Al llegar al cerro Cerro Pelado los expedicionarios tomaron  por la  vía que nace a la derecha de dicho cerro, enmarcado por los cerros Ñuñorco Grande y Ñuñorco Chico al este y la Sierra de Muñoz, al oeste.
 De este modo, Rojas siguió  el mismo camino que según Turbay habría tomado la última guarnición incaica de la Fortaleza-Templo de Quilmes.  Piossek Prebisch (1986: 59) describe el camino:  Con respecto al camino del Inca, Domingo Bravo (1956: 48) concluye que éste terminaba en el valle de Tafí basándose, por un lado, en la célebre carta a S.M. del Licenciado Juan de Matienzo, del 2 de enero de 1556, donde detalla el itinerario desde Charcas a Santiago del Estero y desde allí hasta la fortaleza de Gaboto, y en la cual no cita tambos incaicos en territorio santiagueño; y por el otro, en la ausencia de calzadas de piedra acordonadas. Sin embargo, el mismo Licenciado Matienzo  ([1566] 1987: 208), Oidor de Charcas, que no había estado personalmente en la región del Tucumán, luego de describir la ruta, aclara:  Con respecto a las técnicas constructivas utilizadas por los incas en su red vial sabemos que éstas variaban según el terreno. Nardi (1962: 259) dice:  La crónica de Gerónimo de Bibar del 14 de diciembre de 1558 es la segunda en antigüedad que relata el tránsito de una expedición conquistadora por el antiguo Tucumán, y menciona algunas características ambientales de la región llana: “Esta provincia de Tuama que e dicho es toda tierra llana. Hay grandes algarrobas. No se halla en toda esta tierra una piedra si no es traída de otra parte, aunque sea como una avellana”  (cf. Bibar [1558] 1987: 177).  Deducimos entonces que la construcción de una calzada de piedras en la llanura sería una tarea imposible.

  A fines de octubre de 1543 Rojas llega a los llanos del Tucma, dominio de las tribus tonocotés. Sin embargo los caseríos estaban vacíos: los indios habían huído llevándose las provisiones lo que obliga a Rojas a continuar hasta el pueblo de Capaya. Coincidimos con Piossek Prebisch (1986: 296) en que este pueblo no es el actual Capayan situado al sur de la Provincia de Catamarca sino “...se trata del pueblo existente hasta los primeros tiempos de la colonia, situado en la margen sur del río Medinas, denominado Acapyanta o Acapayanta, palabra perteneciente a la lengua tonocoté ...”. A pesar de la afirmación de Lizondo Borda de que Acapayanta es tonocoté, la fisonomía quichua de este topónimo es innegable.
 Al llegar a Capaya fue interceptado por un cacique de nombre quichua: Canamico, el que era llevado en andas, por tener cortada una pierna, según testimonio de Diego Fernández. Según Gutiérrez de Santa Clara ([1573] 1987: 73), Rojas habló con Canamico por medio de un intérprete, indio natural del Perú. En Capaya la expedición descansa unos días pero ante la posible amenaza de un ataque por parte de los indios, Rojas decide regresar al pie de los Andes del Tucumán para aguardar a Gutiérrez y reunirse con él. Don Diego envía a Francisco de Mendoza a Chicoana para buscar a Gutiérrez y al resto de la gente que había quedado en Chicoana. Francisco de Mendoza cumple ambos cometidos: encuentra a Gutiérrez en Totaparo y luego regresa al Tucumán llevando la gente que había quedado  en la guarnición instalada en Chicoana.
  Presionado por el hambre y en base a los informes de Canamico, Rojas se dirige con rumbo sudeste, siguiendo el curso del río Grande (hoy conocido como río Salí) en busca de Concho. Esta provincia estaba ubicada más allá del Tucumán, a unas quince leguas de Capaya, hacia el este, aproximadamente en el área comprendida entre Termas de Río Hondo y el Dique Los Quiroga (en Sgo. del Estero) Allí Rojas atacó los poblados indígenas y se apropió de todas las provisiones.
 Finalmente Gutiérrez llega a Quiri-Quiri y posiblemente en diciembre de 1543  llega a Concho donde se reúne con Rojas y le obliga a retomar el rumbo inicial de la entrada. Mientras tanto, al no tener noticias de Heredia se envía un contingente a esperarlo en la desembocadura de la Quebrada del Portugués.
 Entretanto, la tercera columna capitaneada por Heredia llega a la provincia de Quiri-quiri sin poder determinar por dónde había entrado la demás gente al Tucumán, según testimonio del padre Juan Cerón (cf. Piossek Prebisch 1986: 94).  Por su parte, el cronista González de Prado ([1548] 1987: 26) que  integraba las tropas de Heredia, relata la captura de un prisionero para obligarlo a dar los informes necesarios: “... en la provincia de Quiri Quiri, que son indios de guerra, yo quedé con otro compañero para tomar alguna guía que nos guiase el camino, e le tomamos e alanceamos a otros,  el cual dicho indio nos guió hasta que nos pasó los Andes, que es una tierra de arboledas, e cerros, e sierras muy asperas que íbamos abriendo el camino con azadones e hachas, que duraron dieciocho leguas, adonde hay muchos ríos,  adonde uno de los dichos ríos, que van muy recios, me llevaba, e milagrosamente  Nuestro Señor me libró...”.  Una cuidadosa lectura de este relato permite deducir que este indio conduce a Heredia al Tucumán por un camino diferente del que usaron Rojas y Gutiérrez. Y debido a esto no encuentra la guarnición que le dejó Rojas.

 Sin embargo, Bravo (1956a: 44) interpreta erróneamente el testimonio anterior:

 El hecho de que  la columna de Heredia tuviera que abrirse paso con azadones y hachas para dirigirse desde la falda occidental del Aconquija hacia la llanura, es un indicio para Bravo de que no había un camino permanente entre ambas regiones, es decir, no había un 'camino del Inca' tal como Bravo lo concibe: una calzada de piedras reforzadas con un cordón del mismo material.  De acuerdo con el relato  del cronista, a lo largo de un trayecto de dieciocho leguas (aproximadamente 100km), se describe primero una región de cerros y sierras muy ásperas  que coincide con la zona de alta montaña, y luego una región de espesa vegetación y torrentosos ríos que obligó al uso de azadones y hachas, que coincide con la región de selva subtropical, llamada en la actualidad nuboselva o yungas.
 Pero hay un detalle que Bravo no tuvo en cuenta y es que hay tres vías para llegar desde el Valle de Tafí a la llanura tucumana: hay dos caminos naturales que son la Quebrada del Portugués y la Quebrada de La Ventanita; la tercera vía es por la Quebrada del Río Los Sosa (por donde actualmente está construído el camino para automotores) y que coincide con la descripción del cronista.  Según se desprende del relato de Gutiérrez de Santa Clara ([1568] 1987: 79), evidentemente el indio que guiaba al Capitán Nicolás de Heredia lo condujo por la Quebrada del Río Los Sosa (o Las Piedras), es decir “por otra vía que el gobernador no había llevado” y que los hizo desembocar 15 km al norte de la boca de la Quebrada del Portugués.
 Esta quebrada del Río Los Sosa no era usada por los viajeros antiguos que andaban a pie, a caballo o en mula porque el encajonamiento los viajeros antiguos que andaban a pie, a caballo o en mula porque el encajonamiento y las piedras grandes del lecho y la altura a que llegaban las crecientes impedían el tránsito o lo hacían muy riesgoso.
 En su análisis, Bravo minimiza los efectos de la espesura de la selva en la Quebrada del Río Los Sosa, una vía no utilizada por su peligrosidad en aquel entonces. Cualquier persona que conoce la región sabe que en cualquier época del año en que se atraviese la zona, la vegetación es exuberante, con un sotobosque que en el verano llega a los dos metros de altura. Inclusive en la misma Quebrada del Portugués, que fue el camino natural utilizado por las dos primeras columnas, la espesura debió ser considerable. Esto explica los testimonios de los soldados Antón Griego y  González de Prado cuando dicen que debieron abrirse paso mediante azadones y hachas.
 Sin embargo, es preciso hacer notar que los hechos relatados por González de Prado son posteriores a la mini-era glacial Minima Spörer   ocurrida  entre 1410 y 1520 aproximadamente. No sabemos, en consecuencia, si la construcción del camino del Inca se interrumpió por las condiciones adversas del clima, por el descabezamiento del poder en Cajamarca en 1533 o por una simple cuestión técnica como ya se explicó. De todas maneras, la ausencia de estos caminos, útiles en la montaña, pero inútiles en la selva e innecesarios en la llanura, no son un argumento contundente para negar la presencia incaica en la llanura.

 Retomando el relato de la expedición, en enero de 1544 Rojas y Gutiérrez salen de Concho rumbo a Mocaquaxa ubicada a catorce leguas más adelante de Concho, hacia el poniente. En el trayecto hacia esa provincia, se extravían. Respecto de Mocaquaxa, Piossek Prebisch (1986: 302) dice:

 Si bien la interpretación de esta historiadora resulta atractiva por cuanto la terminación huacra  (‘cuerno en quichua) coincide con el nombre del río que por allí pasa, es necesario señalar que el cronista Cieza de León usa la grafía x  con el valor del grupo consonántico cr  únicamente en las palabras derivadas de ‘Cristo.  Según Espinoza Soriano (1982:170), la  x  en el siglo XVI, además del sonido  j ,  tenía  otro similar a la  sh  inglesa, de modo que Mocaquaxa podía pronunciarse Mocacuaja o bien Mocacuasha. Debido a que el quichua no tiene la misma separación silábica que el español, tampoco puede saberse si la propuesta de separar Mocaquaxa en dos voces se realizaba Moca-quaxa o bien Mocac-uaxa. La ubicación de esta provincia según el mapa proporcionado por Piossek Prebisch (1986: 58) está en el actual territorio catamarqueño  cercano a los límites con Santiago y Tucumán.
 
 Por su parte, Bravo  (1956a: 50) vincula a Mocaquaxa con el actual Maquijata y llega a afirmar que la terminación jata  proviene de gasta, un sufijo cacán/tonocoté/lule que significa pueblo:  La deducción de Piossek respecto de la posible pronunciación de Mocaquaxa al menos se basa en un indicio: la sugerente denominación del río que por allí pasa, Huacra. Pero que Bravo vincule Maquijata con un apellido Machigasta para de allí deducir que jata=gasta y por lo tanto que Maquijata es voz cacana, parece un exceso de imaginación.

 Como se había dicho, en el trayecto hacia Mocaquaxa, los expedicionarios se extravían y se dirigen hacia la provincia de Salabina en busca de agua. Piossek Prebisch (1986: 303) dice: “a juzgar por las crónicas, esta provincia abarcaba las Sierras de Guasayan, único lugar donde podría hallarse agua, en las proximidades de la región por donde andaban perdidos los españoles, ubicada entre las Sierras de Ancasti y las de Guasayán”.  Posiblemente a mediados de enero de 1544, Rojas fue herido por una flecha con ponzoña y  muere en un pueblo de la provincia de Salabina.  Según Bravo (1956a: 50), Maquijata sería el lugar donde murió Rojas; si bien Bravo no menciona de dónde toma esta información, creemos que la obtuvo del P.Lozano quien relata este episodio dos siglos después.
 Maquijata es la villa cabecera del departamento de Choya y fue declarado como tal en 1850; ocupa una posición dominante en el extremo sud de la Sierra de Guasayán, por cuya razón toma el nombre de La Punta.   De acuerdo con el relato de los cronistas que sí estuvieron en la expedición, Rojas murió en algún lugar de la antigua provincia de Salabina (que no tiene relación con el actual Dpto.de Salavina) y en dirección hacia Soconcho. Por esta razón surge la duda acerca de si Mocaquaxa y Maquijata hacían referencia al mismo poblado.

 La expedición llega luego a la provincia de Tesuna distantes seis leguas de la provincia de Salabina y luego continúa siguiendo el curso del río Soconcho (actual Río Dulce). Según testimonio de Pedro Cieza de León ([1553] 1987a: 121) : “E yendo descubriendo por el río hallaron grandes poblaciones; los naturales de ellas son de las costumbres e trajes de los pasados, tienen diferentes maneras de religiones e hablan muchos lenguajes ...” ; (Rojas) “... determinó de ir a una gran población que también se llamaba Soconcho, como el río ...”.  La ubicación de la provincia de Soconcho, según Piossek Prebisch (1986: 308) sería:

 La provincia de Soconcho estaba en una tierra muy llana y tenía una gran población que ocupaba treinta leguas a lo largo de la margen derecha del Río Soconcho (Dulce). Los pueblos, cercados por empalizadas y atravesados por calles, estaban “a media legua ... unos de otros, de a ochocientas a mil casas ... Tienen sus corrales de ovejas como las del Perú ...”  (cf. Diego Fernández [1568] 1987: 52). Los hombres llevaban vestidos confeccionados con plumas de avestruz, y se cubrían con una manta adornada con chaquira de huesos de buitres. Las mujeres vestían a la manera de las de Egipto, con dos mantas, una ceñida a la cintura y otra por debajo de un brazo y anudada sobre el otro hombro.
 Algo que sorprendió a los españoles fue que en Soconcho “... tienen hecho los pueblos una hoya muy honda y muy grande de anchor de un gran tiro de piedra y el largo de más de treinta leguas, de manera que cuando crece el río, vacía en esta hoya y al verano sécase, y entonces toman los indios de todos los pueblos mucho pescado; y en secándose siembran maíz y se hace muy alto y de mucha cosecha; de suerte que todo el largo desta hoya es chácara de todos los pueblos ribera del río; tienen mucho maíz y algarroba ...”, según el testimonio de Diego Fernández El Palentino ([1568] 1987: 52)
 A mediados de marzo Mendoza decide quedar como único y absoluto jefe de la expedición y por ello manda apresar a Gutiérrez. Días después decide desterrarlo y lo envía de regreso al Cuzco bajo la custodia de Juan García de Almadén a quien ordena remontar el río de Soconcho (Dulce) ya que suponía que se trataba del mismo río Grande (actual Salí) que pasaba por el Tucumán y en éste, a su vez, era probable que desembocara aquél por cuya quebrada se llegaba al Camino del Inca. Además, como le habían llegado nuevas de la presencia de Heredia en el Tucumán, da instrucciones para buscarlo y arrestarlo.
 Cuando García de Almadén llega al primer pueblo del Tucumán se entera que en la desembocadura de una quebrada distinta de aquella por donde habían bajado Rojas y Gutiérrez, desde hacía meses estaba asentado un contingente español. Había levantado un caserío y permanecía en el lugar como si aguardara algo. Según Fernández ([1568] 1987: 51) y Gutiérrez de Santa Clara ([1573] 1987: 80), el 25 de Abril de 1544,  día de San Marcos Evangelista, el enviado de Mendoza llega al poblezuelo que ha construido Heredia y lo toma preso. Custodiado por algunos hombres, Gutiérrez es conducido hacia la quebrada de los Andes del Tucumán por donde debía regresar al Perú.
 A mediados de 1544 Heredia llega a Soconcho y Mendoza le obliga a jurarle fidelidad como gobernador y capitán general y renunciar formalmente a su cargo de maestre de campo a favor de Rui Sánchez de Hinojosa. Por primera vez los hombres de las huestes de los tres capitanes (Rojas, Gutiérrez y Heredia) se unen en un solo ejército. Mendoza funda la ciudad de Medellín, en Soconcho.  Luego del  incendio que termina con Medellín, Mendoza decide cambiar el rumbo de la expedición y sale hacia tierra de los diaguitas. Luego de varias salidas de exploración, a principios de 1545 parten de Diaguitas y llegan a Comechingones (actual territorio de Córdoba).
 Mendoza decide dividir el ejército: una mitad se quedaría en el campamento de Malaventura y el resto, con Mendoza a la cabeza, saldría a buscar el Río de la Plata. Hostigados por los indios, los del campamento de Malaventura deciden mudarse a otro lugar y avanzan con el mismo rumbo sur que Mendoza hasta llegar a la Sierra de Achala, provincia de los chinchagones donde construyen un pucara para defenderse de los indios.
 A mediados de 1545 Mendoza llega al Paraná y luego de un mes de exploraciones decide regresar a donde dejó la mitad del ejército. Llega al pucara de Chinchagones y toma la decisión de mudar todo el ejército a Comechingones.
 El 8 de setiembre, día de la Natividad de María Santísima [22]Mendoza es asesinado y el ejército ahora al mando de Heredia, inicia la marcha rumbo al norte, con el propósito de llegar al Tucumán. Desembocan en Diaguitas donde descansan diez días y reinician la marcha. Durante más de un mes vagan entre los ríos Dulce y Salado.  Finalmente van nuevamente en busca del Tucumán y cuando remontaban el Soconcho fueron atacados por indios lules que, según los juríes, provenían de otra provincia ubicada al noroeste junto a un río que llevaba  agua colorada. Se dirigen luego a Tocaima (actual Río Hondo) pero allí  no había suficientes alimentos, por lo que una patrulla al mando de Alvarez del Almendral, se dirige hacia la tierra de los lules y encuentra el río de aguas coloradas.  Según Diego Fernández (cf. Berberián 1987: 61): “se hallaron indios que entendían la lengua del Cuzco, de que los yanaconas y negros se regocijaron, y vieron un río que llevaba el agua muy colorada, como los indios lo habían dicho...”. Aunque no había suficiente comida, regresa y entusiasma a Heredia para invadir territorio de los lules.
 A fines de 1545 en lugar de dirigirse al Tucumán, Heredia decide marchar hacia tierra de los indios lules donde permanecen más de dos meses. A juzgar por el relato de Cieza de León ([1553] 1987b: 140), la expedición tenía dificultades para retomar el camino por los Andes del Tucumán: “mas como preguntasen a los indios, supieron dellos cómo por aquel lugar se podría salir al reino del Perú, mas que no podían atravesar a salir a él por ser en medio del invierno; y a la verdad, era principio de febrero, y los ríos, como con las aguas creciesen habían salido de sus canales y cursos y anegando los campos, lo cual suelen hacer todos los años...”.  Lo llamativo de este relato es que actualmente en febrero, es verano en esta región  [23]sin embargo Cieza de León insiste más adelante ([1553] 1987b: 144): “Mas querer buscar aquel camino era hablar al aire y cosa imposible ir por él a salir al Perú, porque como ya tengo dicho, era invierno y los ríos con su furia habían anegado los campos y dañado los caminos con grandes ciénagas , de forma que por ninguna vía por él se podía caminar...”.
 Heredia descarta entonces la idea de regresar por los Andes del Tucumán y decide  remontar el curso del río Grande (Salí). A fines de febrero de 1546 salen de Lules y siguiendo el curso del río Grande pasan por el sitio donde actualmente está situado San Miguel de Tucumán, luego por la zona donde se construyó el dique El Cadillal para finalmente desembocar en la Cuenca Tapia-Trancas a la que Cieza de León  ([1553] 1987b: 146) denomina ‘llanos de Salta: “...salieron soldados  en cuadrillas por la montaña a descubrir el camino, el cual se abrió sin mucha dificultad y por él comenzaron de andar hasta que salieron a los llanos de Salta, por los cuales pasa el real camino de los Ingas que va del Cuzco a Chile” .  Este camino real de los incas es el que por Hualinchay lleva a Quiri-quiri.
 Según Cieza de León ([1553] 1987b: 147), el “Lunes de Lázaro”   [24] Heredia deja en Quiri-quiri un contingente y él emprende la marcha rumbo al Cuzco. Berberián (1987: 13) relata el final de la expedición:  Con respecto a este último tramo de la expedición en territorio argentino, Bravo se basa en la obra de Lizondo Borda, historiador tucumano, para afirmar que los expedicionarios de la Entrada en todo el trayecto que realizaron desde las faldas del Aconquija hasta el Paraná y luego en el viaje de regreso por el mismo camino hasta Tocaima (Río Hondo), no encontraron ningún indio que hable quichua, ya que no lo mencionan ni González de Prado ni otros cronistas.
 En efecto, en todo ese trayecto, ningún cronista menciona que se hubiera encontrado indios que hablaran quichua, pero nótese que todos los informes que los españoles recibían provenían de los indios con los que nunca antes habían establecido contacto. En muchos casos, los españoles estuvieron en algunos pueblos solamente unas pocas semanas, tiempo insuficiente para aprender una lengua extraña.  ¿Con qué lengua se comunicaban con tantas tribus?.
 Diego Fernández ([1568] 1987: 57) nos dice que en Chinchagones: “se tomaban indios los cuales daban nuevas de los cristianos de Chile y de las grandes provincias de Ungulo y de otras que estaban en las cordilleras de las sierras”  y que al regresar de la provincia de los Comechingones  (cf. Fernández  ([1568] 1987: 61) “tomaron aquí algunos indios, que les dieron relación de otra provincia hacia un río que llevaba el agua colorada”. Por su parte, Cieza de León ([1553] 1987b: 130) relata que después del incendio de Medellín, “tomaron los españoles algunos indios de  aquellas provincias y con las lenguas les preguntaban si tenían alguna creencia, o si conocían que había Dios hacedor de las cosas criadas; respondiendo que ellos tenían por dioses de su patria y muy propincos a sí al Sol y a la Luna...”.  Relatos similares a estos se repiten a lo largo de todas las crónicas, dando testimonio de las noticias que los españoles recibían por parte de los indios.
 Nótese además que los cronistas de la Entrada hablan de ‘la lengua del Cuzco o del Perú, pero no de la ‘quichua, término  que sería empleado por primera vez en caracteres impresos recién en 1560. A los intérpretes les llamaban ‘lenguas o ‘indios naturales del Perú pero no ‘quichuistas ni ‘cuzqueros, denominaciones que no se utilizaban en el siglo XVI.
 El extenso relato de la expedición de Diego de Rojas  muestra cómo los españoles no tuvieron inconvenientes para comunicarse con numerosas parcialidades indígenas por medio de los yanaconas ‘indios naturales del Perú’ y cómo los españoles quedaban a la deriva cuando los indios se negaban a suministrarles información. Recuérdese que en el único caso que no necesitaron intérpretes fue con los indios que habitaban en las orillas del Paraná. Es decir, el quichua fue la lingua franca en casi la totalidad del trayecto.

 Del texto de Diego Fernández  ([1568] 1987: 61) que hemos reproducido anteriormente, Bravo (1956a: 49) deduce: “El encuentro con ‘quichuistas’ produjo regocijo en la tropa, la explicable alegría del reencuentro con quienes hablan el lenguaje del pago para los yanaconas y para los españoles la sensación de estar llegando de regreso al Perú ansiada meta terminal de su epopeya de titanes realizada con penurias cuya magnitud sólo ellos podían medirla”. [25] Y en otra publicación, a partir del mismo texto del Palentino, Bravo (1992: 36) deduce algo más: “... y ya en las proximidades de los Andes y a la vista de los cerros, los expedicionarios encontraron un grupo de indios que hablaban quichua, lo que les produjo alborozo por las noticias que les aportaron, en esta lengua, de sus familiares, de sus amigos, de los sucesos político-sociales del Perú y les indicaron que pasando esos cerros ya se encontraba el camino que conduce al Cuzco”.
 Del relato de las penurias vividas, queda claro el origen del alborozo de yanaconas y negros, pero la fértil imaginación de Bravo le permite conjeturar que los indios transmitieron a los españoles noticias “de sus familiares, de sus amigos, de los sucesos político-sociales del Perú, etc.”.
 
 Con respecto a la ruta seguida, creemos que Bravo (1956a: 49)  se basa en una apreciación errónea de Lizondo Borda:
 «El jefe de la expedición, don Nicolás de Heredia, que sentó su real en la provincia de los nunies o lules, actual provincia de Salta “salió -dice Lizondo Borda- y remontando el curso del río, ya en dirección al poniente se internó en las regiones boscosas y fértiles de Salta, y dio al fin con sus primeras montañas, quizás a la altura del río de Las Piedras. Y en ese lugar debió ser donde encontraron indios que entendían el quichua, ‘de que los yanaconas y negros se regocijaron’; y ellos les dijeron que siguiendo adelante se pasaba las montañas y se daba en ‘el real camino de los Ingas’, o sea en los valles de Salta”
 Si Heredia hubiese llegado hasta el río de Las Piedras, al norte de Metán (Salta) y por allí subido a las montañas, habría desembocado en Chicoana. Sin embargo, el testimonio de Diego Fernández ([1568] 1987: 62) es concluyente: “Así fueron adelante, y abriendo camino por las montañas, dieron en tierra del Perú, saliendo cien leguas más abajo de por do habían entrado la cordillera de las sierras abajo ... fue esto en la provincia de Quiriquire, y poco adelante toparon un español llamado Amador, que les dió nuevas del Perú ...”.
 Según este relato de Diego Fernández El Palentino, si Heredia llegó a Quiri-Quiri, es porque subió por el camino natural de Hualinchay en territorio tucumano. Por ello rechazamos la versión de que Heredia llegara hasta el río de Las Piedras al norte de Metán, en la actual provincia de Salta.

 Además de los argumentos hasta aquí esgrimidos y de las recientes evidencias arqueólogicas, hay otros indicios que ponen en duda la teoría del ingreso del quichua a Santiago del Estero en tiempos hispánicos. A título de ejemplo, mencionamos estos tres:
1) Al referirse al topónimo Salavina,  Domingo Bravo (1956a: 52) dice:

 A pesar de la vehemente afirmación de Domingo Bravo, Salavina admite una traducción quichua - es una voz compuesta por sara ‘maíz' y winay ‘gavilla, atado de mieses'- que nos fue confirmada por un informante, quichuahablante de nacimiento quien afirma haber escuchado de algunos ancianos que Salavina se refiere a la carga que las mujeres transportaban sobre su cabeza. Si, de acuerdo con Bravo, la voz Salavina ya existía antes de la llegada del español, cabe preguntarse cómo es que esta parcialidad, la de los sanavirones, recibía un nombre de claro origen quichua. Nótese, de paso, que Sotelo de Narváez se refiere a la diaguita como la lengua general, la cual, en nuestra opinión, no era más que una variedad dialectal del quichua que ingresó al NOA antes de la invasión de Túpac Yupanqui. Estos primeros quichua-hablantes fueron los que generaron el topónimo Sarawinay , que los cronistas españoles recogerían como Salavina. [26]

2) El culto a la deidad de la tormenta:
 El culto al dios Kakanchik se practicaba en toda el área diaguita en tiempos precolombinos y su tradición ha llegado hasta nuestros días a través de relatos y canciones. [27] Esta  deidad está asociada, al parecer, con el culto a la tormenta o al huracán (cf. Agüero Vera 1972: 143).
 El investigador Rumi Ñawi (1992a: 7) nos proporciona la siguiente información:

 Luego de exponer los argumentos que respaldan la acepción religiosa asignada al tema  /qaqa_/ Rumi Ñawi concluye:  Tenemos nuevamente una voz  - que admite un análisis por la vía del quechua,  sin necesidad de recurrir o atribuirla a una lengua de improbada existencia -  que designa a una deidad cuyo carácter prehis-pánico es reconocido por el mismo Bravo ([1966] 1989: 1191).

3) La inexistencia de las oclusivas aspiradas y glotalizadas:
 La existencia de un sistema tripartito de consonantes en el cuzqueño-boliviano se debe a una influencia de la familia aru , de la cual el aimara  es uno de sus miembros. La incorporación de las series de oclusivas glotalizadas y aspiradas por parte del cuzqueño imperial se produjo, según Torero (cf. Cerrón-Palomino 1987: 347), tal vez a fines del siglo XV o principios del XVI. Como se sabe, el quichua santiagueño no posee tales rasgos. A nuestro criterio, esto se explica porque en Santiago, al igual que en toda el área diaguita, se hablaban variedades quechuas anteriores a la incorporación de dichos rasgos en el cuzqueño imperial.
 La posterior llegada de yanaconas junto a los invasores españoles no logró modificar el sistema consonántico en uso y al cortarse el vínculo con el Cuzco, aquellos hablantes que poseían los rasgos de glotalización y aspiración, los fueron perdiendo con el paso del tiempo.
 Cabe señalar además, que el quichua de Catamarca y La Rioja tampoco tenía estos rasgos (cf. Nardi 1962: 276-279):

 
 Otro aspecto sobre el que cabe preguntarse es acerca de las consecuencias lingüísticas de una probable composición pluriétnica de estos contingentes de yanaconas. Recuérdese que en la invasión incaica al Ecuador ya se conocía la naturaleza pluriétnica de las huestes cuzqueñas, muchas de las cuales seguían empleando su lengua de origen - no necesariamente quichua - . De hecho, la expedición de Diego de Rojas traía inclusive numerosos negros, como se desprende del testimonio de Gutiérrez de Santa Clara ([1573] 1987: 72): “y apercebidos de muchas armas, caballos y gran servicio de negros, negras, indios, indias  y muchos indios amigos.”

 Finalmente, resta señalar que, en nuestra opinión, algunos autores han otorgado demasiado peso a la evangelización, en el proceso de difusión del quichua por el NOA. [28]  En 1615 había aproximadamente 2000 españoles y esta cifra se mantuvo constante durante casi dos siglos, ya que el censo de 1778 registró  sólo 2247 españoles. Si se tiene en cuenta que la proporción frente a los aborígenes, era casi nueve veces menor, es  claro que el amplio predominio del quichua se debía a una simple mayoría demográfica y no a la ‘tenaz evangelización’.  Al respecto, Nardi (1962: 272) dice: “Por nuestra parte, no creemos que la acción directa de los misioneros como evangelizadores  haya tenido una importancia de primer orden en la difusión del quichua en el Noroeste”.  Cuando en 1770 el rey Carlos III prohíbe el quichua, éste era hablado por toda la población, americanos y españoles. A pesar de la persecución de que fue objeto, el quichua persistió en la región sencillamente porque allí se lo hablaba desde tiempos precolombinos.  (Regresa a  Página 1).
 
 


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[11] Al respecto Rosenzvaig (1986a: 28) señala: “No se sabe cuán violenta fue la conquista incaica, pero sí que los motivos fueron de dominio y explotación económica, particularmente en la extracción de metales". Luego agrega: "Según el quichuista Domingo Bravo, la relación no había sido de dominación sino que los incas hicieron aliados suyos a los pueblos del corredor Calchaquí para poder conquistar Chile. Pero ello resulta poco probable en la evolución general del imperio hacia este momento de gran desarrollo estatal-militar.(regresa a Texto Principal)
[12] Quizás el autor más prolífico de voces kakanas haya sido Samuel Lafone Quevedo. En su “Tesoro de Catamarqueñismos” (1927), a partir de voces quichuas y de otras lenguas, Lafone aisló raíces y sufijos kakanes. Atribuyó origen kakán no sólo a temas reconocidos como quichuas sino también a voces de evidente origen español. Los avances logrados en lingüística quechua, particularmente la reconstrucción del protoidioma, hoy permiten plantear nuevas posibilidades con mayor rigor científico. Por ejemplo, se sabe que el quichua santiagueño eliminó la aspiración glotal inicial del protoquechua y se sabe también que todas las voces que actualmente presentan una aspiración inicial, son préstamos. Algunos de éstos podrían pertenecer a otras lenguas ya extinguidas, el kakán entre ellas, si es que éste realmente existió. (regresa a Texto Principal)
[13] La expresión mitimaes , mitmas o mitmakuna  designa a las tribus trasladadas de manera forzosa por los incas. (regresa a Texto Principal)
[14] En Junio de 1992, se supo a través de los medios de prensa (cf., entre otros periódicos, Página 12, Buenos Aires, edición dominical del 7 de junio de 1992, pág.21), del hallazgo en Sumamao, Departamento de Silípica, de una obra de irrigación de 30 km de longitud, de 12 metros de ancho y 20 de profundidad. Aunque todavía no hay información oficial, se sabe que se han encontrado evidencias arqueológicas de una ocupación incaica. (regresa a Texto Principal)
[15] En nuestra opinión esto no es importante porque un período de cuatro o cinco décadas no permiten sacar muchas conclusiones en el plano lingüístico (salvo que pudiera demostrarse que dichos asentamientos son en realidad muy anteriores a la llegada del español). Por ello señalamos la necesidad de investigar los vínculos que existían, en tiempos prehispánicos, entre los pueblos aborígenes del NOA y los de Bolivia y Perú. (regresa a Texto Principal)
[16] Está subrayado en el texto original. (regresa a Texto Principal)
[17] Rosenzvaig (1986a: 29) hace referencia a este profundo conocimiento de la región por parte de los incas: “Difundieron en la región el quechua, pero las lenguas nativas substieron no obstante, porque esta dominación no debe haber alcanzado el siglo. Sin embargo, ese tiempo fue suficiente para que los curacas incas que gobernaban la región reconocieran palmo a palmo el territorio. Sin ellos, que sirvieron a los movimientos de conquistadores españoles hacia el Sur, no se podría comprender la seguridad y precisión de sus desplazamientos, el conocimiento previo de las debilidades y fortalezas de los indígenas que encontrarían a su paso, de sus luchas intestinas provocadas en gran parte por los anteriores dominadores, así como sobre en cuáles comunidades apoyarse en la lucha contra las más rebeldes. Por eso el quechua se transformó en la verdadera lengua de dominación de los españoles. Pero, para ello necesitaban antes generalizarla, destruyendo las lenguas nativas. El vehículo para esto no podía ser otro que el de la iglesia y el evangelio.(regresa a Texto Principal)
[18] Charcas es la actual Sucre en Bolivia. Esta ciudad, a lo largo de su historia recibió las denominaciones de Chuquisaca, La Plata, Charcas y Sucre. (regresa a Texto Principal)
[19] La expresión ‘de Castilla’ se aplicaba a los productos provenientes de Castilla (España), para diferenciarlos de los productos ‘de la Tierra’ que provenían de  las Indias. Así, ‘Carneros de la Tierra u Ovejas de la Tierra' era la denominación que recibían las llamas y los guanacos. De igual modo, la denominación ‘Aves de la Tierra' se contraponía a ‘Gallinas de Castilla'. (regresa a Texto Principal)
[20] En 1526 Sebastián Caboto llegó al Río de la Plata, se internó por el Paraná y en su confluencia con el Carcaraña fundó el fuerte de Sancti Spiritu a mediados de 1527. Desde allí salió la expedición encabezada por Francisco César, que se internó hacia el oeste en busca del legendario Imperio del Rey Blanco. De acuerdo con las crónicas, la expedición habría atravesado la actual Provincia de Córdoba y habría llegado hasta el macizo que se levanta al centro del actual territorio argentino, formado de norte a sur por las sierras de Sumampa, Ambargasta, Chica, Grande, Comechingones y de San Luis (Piossek Prebisch 1986:13). Francisco César y sus hombres se internaron por él en dirección al occidente (actual Provincia de San Luis) y luego giraron hacia el sur donde habrían encontrado una provincia indígena muy rica según testimonio de Cieza de León ([1553] 1987a: 105): “... e yo conocí a Francisco de César ... y a un Francisco Hogazón .. e muchas veces los oía hablar, e afirmar con juramento que vieron mucha riqueza e grandes manadas del ganado que acá llamamos ovejas del Perú, e los indios bien vestidos e de buen parecer...”.   Piossek Prebisch (1986:13) concluye:  “No se puede asegurar que hubieran llegado a territorio dominado por los incas, al Collasuyu, pero lo que vieron es indudable que los convenció de la existencia de un gran imperio. Meses después y reducidos a media docena de hombres, regresaron al fuerte de Sancti Spiritu y contaron a Caboto lo que habían visto.” (regresa a Texto Principal)
[21] En un documento de 1617 reproducido por Requejo de Medjugorac (1991: 32) se encuentra la primera mención del nombre del Valle de Tafingasta en un texto escrito. En el mismo documento se indica que los nombres originales de los Cerros Pelado, Ñuñorco y Pabellón eran:  Ampuqcatao, Panaqcao y Ampitahao respectivamente. (regresa a Texto Principal)
[22] La noche de Nuestra Señora de Septiembre según Diego Fernández ([1568] 1987: 59). (regresa a Texto Principal)
[23] Cuando el Inca Garcilaso de la Vega (1983: 97) narra la entrada de Diego de Almagro a Chile (Cap.XX), menciona que “...mas tampoco se andaba este camino de la Sierra (los Andes) sino de verano, por Navidad cuando acá es invierno y con mucho recato por la nieve, porque todo el año se hace temer”. Ambas referencias al invierno, entre los meses de diciembre y febrero para el hemisferio austral, quizás tengan relación con la hipótesis del Ing.Turbay (1983:  241), quien afirma que entre 1410 y 1715 hubo dos ‘mini eras glaciares’ conocidas como Mínima Spörer y Mínima Maunder, que duraron 110 y 105 años respectivamente. Muchos milenios antes de nuestra era y hasta 1715 D.C., hubo una irregular alternancia de largos períodos de Sol Quieto y relativamente cortos de Sol Activo, que se normalizaron en el año mencionado.  Según el Ing.Turbay (1983: 240) actualmente en “... esos períodos de Sol Quieto o Sol Activo...” , cuya duración es de aproximadamente 11 años cada uno, “... las variaciones de la intensidad del flujo solar no son tan significativas como para causar variaciones térmicas y climáticas de gran magnitud.”  Pero antes de 1715, hubo períodos anormales como los mencionados que duraron más de un siglo y en los cuales la temperatura bajaba continuamente y el suelo se enfriaba considerablemente haciendo sumamente penosa la vida animal y vegetal. Turbay describe las consecuencias de estos largos períodos invernales: “Pero había largas, interminables épocas de Sol Quieto en que el astro disminúa la fuerza de sus rayos calóricos. Bajaba lentamente la temperatura y al principio llovía abundantemente durante días y noches mientras la temperatura seguía bajando ... Luego, a medida que se acentuaba el frío, cesaban las lluvias ...  Pasó el verano, luego el otoño y como si todo fuera una sola estación invernal, siguieron secos los ríos, nevados los cerros, gélido el viento... Después de ese invierno vinieron diez, veinte, cincuenta inviernos más, consecutivos, atroces, despiadados ...”. (regresa a Texto Principal)
[24] El 5 de Abril de 1546 según Piossek Prebisch (1986:350). (regresa a Texto Principal)
[25] Nótese de paso que la epopeya es sólo de los españoles, no de los yanaconas y negros que les acompañaban. Si los españoles pasaron penurias por el hambre y la sed, no cuesta mucho imaginar lo que fue para esa multitud anónima, genéricamente designada como ‘indios de servicio’. Entre una aventura motivada por razones económicas y sostenida por la codicia y el fanatismo religioso, y el trágico destino de indios y negros reducidos a la esclavitud, preferimos recuperar la memoria de aquellos miles de hombres desconocidos que fueran arrancados de sus tierras, ya sea de Africa o de América, y obligados a participar de la Entrada, un capítulo más del genocidio americano, para ser exterminados junto a aquellos que enfrentaron al invasor. Las crónicas fueron escritas por los vencedores y allí quedaron registrados sus nombres y apellidos.
 Los vencidos, como bien señala Requejo de Medjugorac (1991: 55) son: “... un plural anónimo, genérico, sin más identidad” que no pudieron escribir su versión de la historia pero que emergen en nuestro español dialectal y en las lenguas que aún superviven.  Con justa razón Requejo  de Medjugorac (1991: 58) dirá: “Cuando esa visión y juicio de valor homogeneizante entra a la escritura, se legaliza y determina a partir de allí el no protagonismo de la escritura de quienes son Sujetos de la dominación y por lo tanto objetos de la escritura de los conquistadores. Luego de cuatro siglos, vastos sectores de población de nuestro país adhieren y justifican el sistema de ideas que subyace a la conquista de América.” (regresa a Texto Principal)
[26] Al respecto, Andrés Figueroa (1949: 38-39) dice: “Ahora bien, ¿cuál sería esta provincia de los yuguitas?, nuestras conjeturas nos llevarían a la región situada del pueblo de Salavina, adelante, que comprendería los pueblos cuyos nombres se conocieron después con los de Lindongasta, Asingasta y Quillotara, es decir hacia el Sud, siguiendo el curso del Río Dulce. El nombre mismo de Salavina, que debió ser Sara-wiñac: maíz crecido, nos demostraría que allí fue donde los españoles encontraron ‘mucha comida de maíz'.” (regresa a Texto Principal)
[27] Rumiñawi (1992a: 7) recogió el siguiente testimonio de una informante de Belén (Provincia de Catamarca), en forma de una vidala que todavía se canta en la región:

[28] Según opinión de Bravo (1977: 364): “Esa campaña de catequización, tesoneramente llevada a cabo desde Sgo.del Estero ... terminó por imponer el quichua ... Producto de esa acción teocrática efectuada en lengua quichua es la supervivencia de esta lengua ...”. (regresa a Texto Principal)