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WAGNER Discutir la medida en que el
espíritu antijudío de Wagner ha pasado a la música de Wagner, reflexionar
acerca del grado de pureza y autonomía de los objetos de arte, de la
presumible independencia que una obra tiene con la vida, los actos, las ideas
y los hábitos morales del autor, es un debate que no me interesa. Lo dejo
para expertos, para profesores de estética, para los historiadores de lo
bello y lo sublime. No es eso lo que está en juego, aunque sean esos los
argumentos que se esgrimen, cuando en Israel se vuelve a plantear como ya en muchas
otras ocasiones, esta vez a iniciativa del argentino Daniel Barenboim, el
caso Wagner. Creo que el centro del debate es
otro. No el valor de Tristán e Isolda sino el valor de lo que me gusta
llamar, para escándalo de una época tan pasivamente enamorada de la abolición
de los prejuicios, mi prejuicio moral. Voy a decirlo en primera persona, sin
disimulación. La cultura contemporánea quiere que yo ceda, que no me enrede
en la torpeza de mis manías, de mis ofuscaciones, quiere que por cortesía y
buena conciencia no me prive ni prive a otros de lo que llaman la
indiscutible grandeza musical de Wagner. ¿Y si no quiero? ¿Si no puedo
sustraerme a un modo de escuchar que escucha en Wagner el espíritu asesino de
una época? ¿Y si no puedo dejar de pensar que Hitler, Goebbels y Himmler
escuchaban en la música de Wagner la pompa, la grandiosidad y el delirio
hipnótico en que había caído, entonces, lo alemán? Se me tratará de
prejuicioso, se me invitará a retirarme de la sala mientras suenan, para
espíritus más abiertos, los acordes de Nibelungos o la danza de las
Valquirias. Bien, perfecto. Soy prejuicioso. ¿Después de Auschwitz se me va a
arrebatar también la libertad de permanecer en mi prejuicio moral? ¿Tengo que
disolverlo en el dudoso altar del arte? Es cierto, Wagner vivió cincuenta
años antes de que en Alemania se desatara la jerga asesina del nazismo. Es
bueno, sin embargo, recordar que Wagner alcanzó su coronación alrededor de un
acontecimiento central, enteramente implicado en lo que ocurriría más tarde: la
formación del estado nacional en Alemania. Y recordar también que ese
acontecimiento es correlativo al ascenso de una estridente retórica antijudía
de la que Wagner fue propagador y propagandista, y de la que se sirvió después
el sentimiento antijudío del período nazi . Y que del ’33 al ’45 Wagner fue
el eco de lo que la Alemania nazi quiso escuchar: armonías inmensas y
oscuras, el éxtasis de la locura masiva. Probablemente nada vaya a cambiar
en Israel si se toca o no la música de Wagner. Incluso dudo mucho acerca de
que Wagner aprobara que su música se interprete delante de judíos con olor a
cebolla, como le gustaba decir de Offenbach y de su música de cabaret. Pero
no es esta la discusión. Sï quiero, en cambio, remarcar la fuerza opresiva de un lenguaje, el de hoy, que bajo
su apariencia de serenidad racional, de engañosa pacificación democrática,
quiere forzar, quiere convencer a los hombres, a mí, de que es bueno y útil
para todos abandonarnos a la
tolerancia, a la indulgencia. Se nos pide un esfuerzo más para reducir, para
solucionar nuestro malestar, nuestra angustia. Y ese requerimiento de este
tiempo, que lleva implícita una aspiración de solución final, apunta muy decididamente
sobre la capacidad humana de juzgar. De atribuir y atribuirse
responsabilidades. No de un modo muy distinto avanzó la lógica totalitaria.
Nada va a cambiar en Israel con o sin Wagner, pero no es superfluo el
lenguaje celebratorio que ahora se impone. El señor Daniel Barenboim, de
quien me gustan sus interpretaciones de Piazzola, ha llamado a no demonizar a
Wagner y a comprender que “no era ajeno al pensamiento de su época”. Dicho
así, su argumento, puede muy bien invertirse: precisamente en tanto no era
ajeno al pensamiento de su época es porque todavía sigue ofendiendo la
sensibilidad, la memoria y el juicio moral de muchos sobrevivientes, de sus
hijos y nietos en Israel. Pongamos más de cerca las cosas. Pregunto: ¿se
dejaría hacer el señor Barenboim una cirugía estética con uno de los médicos
que en la Esma colaboraba con el robo de bebés?, ¿se puede compartir una mesa
de bridge con Astiz, y creer que lo único que importa es la maravilla del
juego mismo que me fascina, y escuchar que alguien diga "es un placer
jugar cartas con él"? No quiero con esto sugerir que Wagner fuera un
sucio asesino, pero pongamos un poco a prueba “la apertura de espíritu” que
hoy se nos exige, veamos hasta dónde llega el impulso que nos conmina a la
comprensión, a la benevolencia. En Lo Imprescriptible, Vladimir
Jankélévitch escribe: “Decimos a los
alemanes: guardaos vuestras indemnizaciones, los crímenes no son moneda de
cambio (…) no hay reparaciones para reparar lo irreparable. (…) No, los
negocios no son todo. No, las vacaciones no son todo, ni el turismo, ni los
lindos viajes, ni los festivales…”. No se puede ser amigo de todo el mundo,
no se puede compartir el pan y el vino con asesinos; en cuanto a mí y mis
prejuicios, creo que todavía es mejor irritar a los mistificadores de la
cultura, que ofender a los sobrevivientes. Wagner es sólo un hombre, un
nombre. Un nombre repleto de sentidos, un nombre que para quienes no pueden
separar la obra del hombre –como les gusta a los especialistas y a los
devotos del arte– tiene resonancias de horror y miseria. Hay un proverbio
idish que evoca muy bien esa medida de lo humano: un hombre es sólo un
hombre, pero a veces ni siquiera eso. Jack Fuchs |
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